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Queremos desbrozar la terrible
maleza que oculta la problemática de la calidad educativa,
especialmente en el mundo virtual, y se nos viene encima una catarata
de siglas.
Se trata de entre otras
de la ABET-Accreditation
Board for Engineering and Technology; el ACEJMC-The
Accrediting Council on Education in Journalism and Mass Communications
y de la AACSB-American
Association of Colleges and Schools of Business.
¿De qué se ocupan estas importantes instituciones?
De acreditar la calidad académica, pedagógica, curricular
y profesional de cualquier institución del mundo que quiere
mostrarse entre las mejores.
No hay universidad (o institución de valía) que se
precie, que no quiera pasar por sus cedazos de mejora en la calificación.
Las razones son obvias. Pertenecer tiene sus beneficios y quien
sea acreditado por estas varitas mágicas de la calidad conseguirán
más alumnos, atraerán mejores profesores y seguramente,
en un proceso de retroalimentación positivo continuo, mejorarán
a su competencia elevando el nivel todo de la ecología educativa.
La gran duda es de que si las mismas podrán sin problemas
realizar la acreditación de las universidades virtuales como
hasta ahora lo venían haciendo con las reales.
Para saber hasta qué punto esta transferencia es posible
(o deseable) debemos empezar a entender de una buena vez qué
diferencias hay entre Universidad Real y Virtual y qué nuevas
categorías conviene acuñar cuando de evaluar el mundo
de la enseñanza virtual se trata.
Cuando hablamos de calidad conviene distinguir los niveles de virtualidad.
Una primera distinción es entre Universidad Virtual, Campus
Virtual o Cursos Online. El término universidad virtual debería
englobar un concepto sistémico de la universidad ofrecida
a los estudiantes y a la comunidad docente e investigadora.
Campus virtual es mas bien una metáfora del entorno de enseñanza,
aprendizaje e investigación creado por la convergencia de
las nuevas tecnologías de la instrucción y la comunicación.
Los Cursos Online se encuentran en un tercer estadio de concreción,
al que preceden los dos anteriores. Se trata de la oferta directa
de contenido, sin pretender establecer una relación de pertenencia
con la institución que los ofrece.
En cuanto al e-learning, puede definirse -como hizo Rosenberg en
su libro seminal- como el uso de tecnologías basadas en Internet
para proporcionar un amplio abanico de soluciones que aúnen
adquisición de conocimiento y habilidades o capacidades.
Todos estos criterios que fueron sistematizados por Albert Sangrà
Universitat Oberta de Catalunya (UOC) en un trabajo que presentó
en a la Virtual Educa del 2001 nos abrieron el camino al descubrimiento
de una enorme cantidad de instituciones que han comenzado recientemente
a acreditar la calidad de los cursos virtuales.
Algunas de la señaladas por Sangrà son las siguientes:
Web-based
Education Comission
The Council of Regional
Accrediting Commissions
European Network
for Quality Assurance in Higher education (ENQA)
BENVIC Project
Todas las referencias citadas anteriormente coinciden en algunos
criterios como indicadores de calidad y discrepan en otros. Aunque
cada institución defiende sus propios criterios, todos ellos
tienen en cuenta algunas de las siguientes variables: la oferta
formativa; la organización y la tecnología; los materiales;
la docencia y la creación de conocimiento.
Dos grandes tendencias con relación a las prácticas
para evaluar la calidad de las instituciones que imparten la formación
de forma virtual buscan tomar en cuenta ya sea su actividad complementaria
a la presencial, ya sea su actividad formativa como entidad propia.
En cuanto a los enfoques de tipo más global se dividen, en
este momento en dos grandes tendencias.
a) Los sistemas de evaluación de la
calidad centrados en modelos de calidad estándar (TQM,
EFQM...)
b) Los sistemas basados en la práctica del benchmarking,
que pretenden dar herramientas e indicaciones para mejorar las
prácticas a partir de la observación, la comparación
y la cooperación basada en las buenas prácticas.
La eterna querella entre
antiguos y modernos se repite ahora entre los defensores de lo presencial
y los de lo virtual. Pero la verdadera divisoria no debería
pasar por el modo de impartir y adquirir conocimiento, sino por
su calidad. Y en este terreno esta todo por hacerse. Y es muy probable
que, en algunos casos, la buena calidad virtual supere sin dificultad
a la mala calidad presencial como bien puede darse a la inversa.
La proliferación de estas instituciones de acreditación
específicas debería apuntar a separar la paja del
trigo (virtual o real).
Alejandro
Piscitelli
(Director de Contenidos de Competir)

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